Las clases de baile de salón para niños llegan a Los Ángeles

2010/06/14

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Noticias | Ballroom | Los Ángeles

Publicado en Los Ángeles Times

Una organización sin fines de lucro espera replicar el éxito que el programa de Nueva York ha logrado con jóvenes marginados, que aprenden a ser jóvenes damas y caballeros con el foxtrot, el tango y otros bailes clásicos.

Los muchachos de la clase de baile de salón tenían sus dudas -que tal si se les pega algo y la presión de tener estar tomados de las manos a las niñas.

Pero una semana antes de la competencia, Junior Sánchez mostraba una gran confianza mientras giraba a una jovencita de largas pestañas tras otra por la pista de baile.

“Algunas chicas son demasiado sangronas para tocarte”, dice el niño de 10 años. “O siempre quieren decirte que es lo que tienes que hacer o que te ves chistoso. Pero eso está bien. Yo sólo sigo bailando.”

El alumno de quinto año de la escuela primaria First Street de Boyle Heights recientemente se unió a otros 64 compañeros en una nueva, más elegante forma de educación física. Ellos están aprendiendo cinco bailes clásicos: el foxtrot, el tango, la rumba, el swing y el merengue. Y el lunes se enfrentan en un concurso de baile contra otras dos escuelas primarias de Boyle Heights.

Competencia y ritmo son sólo parte de la lección. En 10 semanas, los estudiante son transformados de nerviosos pre-adolescentes a damas y caballeros. Empiezan cada práctica parados en línea, la cabeza derecha y los brazos enlazados con su pareja. Se saludan mutuamente y dan las gracias cuando cambian de pareja. Y a pesar de las risitas y murmullos, unos cuantos de vez en cuando aprenden a mirarse a los ojos.

El programa lo lleva Ballroom Madness, una organización local sin fines de lucro inspirada por el American Ballroom Theater, el grupo de baile de Nueva York cuyo trabajo en las escuelas fue llevado a la pantalla en la película “Mad Hot Ballroom” del 2005. A los quince minutos de la clase, Daniel Ponicly, el director artístico de Ballroom Madness, estaba en su impecable traje de tres piezas en busca de hombros encorvados, codos abajo y miradas distraídas. Era la novena semana de práctica, con el concurso apenas a 9 días.

“Este no es el baile de Frankenstein,” les gritaba Ponickly. “Muevan esas caderas. ¡Esto es merengue!”

Ponickly fue uno de los maestros que ayudó a lanzar el programa de Nueva York. El espera que, con la ayuda de donaciones, el programa tenga el mismo éxito con estudiantes marginados de Los Ángeles. “Yo quiero que todos ellos se paren derechos y estén orgullosos de lo que están haciendo, de entrar al salón y sentirse importantes,” dice.

Con la parte más difícil – aprender a tomarse de las manos- ya dominada, los bailarines principiantes se mueven por el salón al mismo tiempo, muchas de las niñas más altas que los niños por una cabeza. Algunos sonrien y se deslizan con la música. Otros con dificultad hacen cada movimiento con una mirada de dolorosa resignación.

Hasta el frente, Isabel Escobeda apura a su pareja mientras baila en un vestido turquesa de olanes. Ella es una de las 10 estudiantes elegidas para participar en la competencia. El resto se presentarán para ante sus familias y amigos en un show de baile.

Isabel, que tiene 10 años, con frecuencia practica sus pasos en casa con su hermano de 5 años. “Con suerte puedo llegar a la final y ganar algo,” dice.

Las ambiciones de Jairo Munóz son modestas. El niño de 11 años de una de las otras escuelas en la competencia -Primaria Breed Street- estaba tan nervioso en sus primeras clases que se enfermó. El no tiene problema con el baile en las fiestas familiares, pero el baile de salón era algo totalmente diferente.

“Lo único que quiero es mantener el paso,” dice. “Las vueltas, los giros, los cambios.”

Junior de la escuela First Street dece que él también, al principio sintió como si se fuera a desmayar.

Pero ahora el y sus amigos cómodamente platican acerca de los pasos y de ciertas parejas de baile que prefieren sobre otras -con base a su habilidad, dice, no romance.

“No pienso en ninguna de ellas de esa forma,” dice Sánchez. “En lugar de eso prefiero ir a mi casa y bailar con mi mamá.”

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