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Después de 20 años de ser el punto de referencia para la salsa en Xalapa, Barlovento ha cerrado sus puertas. Muchos músicos y bailadores nos formamos en ese lugar, aunque la nueva generación no tuvo la oportunidad de conocerlo en sus buenos tiempos.
Barlovento inició en un localito en un edificio que se encuentra a un costado de Plaza Crystal. Por ese entonces la salsa ni siquiera me gustaba. El lugar que todos conocimos en la Av. 20 de Noviembre frente al Panteón Palo Verde fue ocupado durante los años ochentas por una disco llamada Obelis, a la que burlonamente nos referíamos como “Gatobelis”, implicado que allí se iba a gatear, o sea a sacar gatas (para mis lectores de fuera de México, “gata” es un término despectivo para las mujeres que se dedican al servicio doméstico)
Cuando estaba en la preparatoria me tocó ir a fiestas en el Obelis. En ese entonces era toda una experiencia, que requería previamente difíciles negociaciones con mis papás para llegar a la casa a media noche, y mucho más emocionante que las tardeadas en Yax de la secundaria. (Yax estaba en Plaza Crystal, y a la fecha tengo el recuerdo del tema que utilizaban en su anuncio de radio: los primeros acordes de Maria Magdalena interpretada por Sandra)
Después de que cerró Obelis el lugar funcionó brevemente como “Mamma Mia” también en el formato de música disco. El lugar era muy amplio, de unos 12 x 30 metros y el techo de lámina (que sería su perdición) a unos 5 metros de altura. Cuando Barlovento abrio sus puertas la pista era circular -herencia de las discos- de unos 5 metros de diámetro y rodeada por un barandal metálico. Estaba tal vez un metro arriba del nivel del piso, y para llegar a ella había que caminar por una rampa que la rodeaba. Al rededor de la pista había dos niveles con sillones largos y mesas, y lo mantenían muy oscuro, salvo por la pista que estaba brillantemente iluminada.
Para los que no han leído mi libro Primer Paso, les voy a contar de la primera vez que yo fui a Barlovento, en el ’99. Mi inicio en la salsa fue en el gimnasio Chantres. Yo tenía poco de haber salido de una relación muy difícil y estaba en proceso de perder 20 kilos de sobrepeso que adquirí como resultado de tratar de evadir enfrentarme a una vida miserable. Camino a las máquinas de abdominales estaba uno de los salones del gimnasio donde daba clase Pedro Domínguez, que tenía 30 mujeres y dos hombres. Algunas de las chicas estaban de buen ver, así que me integré a la clase.
Yo nunca había hecho nada que tuviera que ver con baile, y nunca había bailado absolutamente nada. El método del instructor era hacer una rutina y que las alumnas la siguieran si podían. Después de un mes yo ya podía seguirla, así que llegué a la conclusión de que ya sabía bailar. Pedro estaba tratando de seducir a una de sus alumnas, y logró convencerla de ir al Barlovento. Ella invitó a una amiga, y esa amiga me invitó a mi.
Pedro llegó con un traje blanco, y las dos chicas muy arregladas. El lugar no había cambiado casi nada desde el Obelis. Lo único diferente era la música. Saqué a mi amiga a bailar, empecé mi rutina de la clase… y me di cuenta que estaba haciendo el ridículo. Había dos o tres tipos dando vueltas que yo no podía ni siquiera comprender.
No regresé a la clase del gimnasio, pero sí a Barlovento: jueves, viernes y sábados durante varios años seguidos (y a Pedro no se le hizo con la alumna).
Muchas veces he dicho que la salsa me salvó la vida, pues antes de aprender a bailar tenía comportamientos bastante arriesgados, como tomar en exceso y manejar así para ir a repartir a mis amigos borrachos. Conforme fui aprendiendo vueltas y a llevar a las chicas toda mi atención se enfocó en mejorar mi nivel de baile. Dejé de tomar, de fumar, bajé de peso… y mis amigos me cortaron por corriente. En ese entonces la salsa era vista como algo de lo piorcito, de nacos.
Con los el tiempo nivelaron la pista e instalaron una estupenda tarima de madera de 6 x 8 metros. Yo fui mejorando y llegué a superar a los tipos que me apantallaron la primera vez.
Estuve en el Barlo el primer jueves de Bailador Designado, donde el mismísimo Víctor Morales “Vicky” bailó junto con varios muchachos del Quetzalli. El segundo jueves llegaron menos designados y muchísimas chicas, y en el tercero sólo había dos para atender a un Barlovento que estaba lleno a reventar. El gerente nos invitó a varios de los clientes habituales a entrarle, y yo me quedé en el equipo durante dos años.
Conocí a muchísimas personas, la mayoría que ya dejaron el ambiente. Se casaron o se fueron de la ciudad. Ahora hay quienes se alarman ante las “violaciones a la privacidad” de Facebook, pero en realidad me gustaría tener fotos de esos tiempos. En ese entonces no se acostumbraba andar trayendo cámaras. Unos pocos se volvieron buenos amigos y nos segumos encontrando.
Tantos recuerdos en esa pista. Yo tenía mi esquina y por más que trataron nunca pudieron sacarme de ella mientras yo bailaba allí. Bastantes se llevaron sus buenos codazos en el lomo mientras lo intentaron.
Lo mejor de todo fue que allí conocí al amor de mi vida. Curiosamente aunque estuvimos en la misma secundaria nos conocimos en el Barlo, y desde hace seis años no hemos estado separados ni una sola noche.
Cambiaba la gente, cambiaba la manera de bailar, pero lo que nunca cambió fue la música. El Combo Ninguno tocaba las mismas canciones en el mismo orden durante meses, cambiando sólo en la temporada de carnaval con un popurrí de congas y las muy raras ocasiones que estrenaban una pieza. Yo acostumbraba divertir a las chicas que iban por primera vez prediciendo correctamente la siguiente canción que tocarían.
Avelino el deejay ponía el mismo disco hasta que se desintegraba, noche tras noche lo mismo siempre. Muchas veces amigos y yo mismo le ofrecimos música nueva, pero nunca la pusieron. Entre tanda y tanda tocaban merengue y reggueton.
Entre lo mejor del repertorio del Combo estaba Noche de luna en Xalapa, La Morena y Lágrimas Negras. Todos los grupos de salsa de Xalapa pasaron por el Barlo, y una o dos veces al año presentaban orquestas internacionales.
Los concursos anuales invariablemente eran fuente de polémica, más cuando ganaban los amigos de Víctor (casi siempre), que por lo general estaba en el panel de jueces. Los concursos de los viernes se decidían por el aplauso del público, y el premio era una botella.
Con los años surgieron nuevos lugares y nuevas orquestas. El Barlovento inició una larga trayectoria descendente desde los tiempos que metían 400 personas a las últimas noches que tenían 20 o 30. Los últimos dos administradores fueron pésimos, que ponían su vanidad y consideraciones personales antes del buen funcionamiento del lugar. Problemas impidieron la remodelación de las instalaciones, que se deterioron al grado que cada vez que llovía se inundaba el lugar, lo que causó que la madera de la pista se torciera hasta quedar inservible. Y no una pista, sino dos.
Yo no fui a la despedida del Barlovento el pasado 15 de Octubre. En realidad en los últimos cuatro años fui sólo dos o tres veces. Prefiero recordar esas noches fabulosas de principios del milenio.
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